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Como la raza a la que pertenece, Iduna sobrevive al panteón que adornaba con sus funciones; y la que garantizaba la longevidad de los dioses, ha sido una subespecie de extraños pájaros cantores, igual que un dialecto papua en Nueva Guinea. Más importante aún, sus asociaciones sentaron un gran precedente literario, cuando un alemán enloquecido fundó una sociedad literaria con ese nombre hacia finales del siglo XIX. Eso no es extraño, la función de la diosa tenía que ver con la mediación; no sólo rejuvenecía a los dioses con sus manzanas, era también la esposa de Bagi, el dios de la poesía; cuando todos sabemos que la poesía era un Ordo Sacramental para los germanos.
Iduna, misteriosamente, no puebla extensos mitos, pero los asegura todos con su cesta alimenticia; no es casual que fuera la esposa del dios de los poetas, a los que parece que alimenta por la boca de su esposo. Su rapto por Pjazi figuraría el triunfo de la barbarie y la tosquedad sobre lo trascendente; es así que Loki, la alegría y la ligereza, es el que restaura los fundamentos, con la devolución hermosa de la más oscura de las divinidades.
La sociedad Iduna surgió, por iniciativa de Fritz Lemmermayer, en 1891; que así mediaba en los conflictos estéticos de dos generaciones agriamente contradicientes, que en ese gesto encontraron el remanso para la creación. Iduna es, entonces, una propuesta a todo conflicto, por su significado de eterna juventud y renovación; ésta de ahora es, pues, también una posibilidad, por la que se extiende la fuerza de lo bello, el poder tremendo de la grandeza.
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