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La Tertulia
Esta es una recopilación del trabajo literario en Miami, y aunque su formato y su espíritu es el de una antología, su consistencia es el de un simple registro general de esta literatura a nivel local. El nombre se debe, precisamente, a este criterio, en el que recoge a todos aquellos que participando de las tertulias con que comenzó Ediciones Iduna, pueden dar y de hecho dan fe de su actualidad. Muchos de estos nombres son conocidos ya por la magnitud de su trabajo en Miami, otros no tanto, y algunos son simples personas con deseos de acercarse a la poesía. En esta recopilación participan autores como Gaston Álvaro, Germán Guerra, Esteban Luis Cárdenas, Orlando Coré y Reinaldo García Ramos. |
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Raúl Ortega Alfonso No fui yo quien lo dijo, pero me gusta repetirlo: la poesía es una actitud ante la vida, un arrancarse la ropa desde adentro; después ?pisándole el rastro al strip-tease de operarse uno mismo a corazón abierto? es que aparece la palabra para envolver el reguero de sangre que puede salpicarnos con alegrías, tristezas y, sobre todo, para dejar constancia de la capacidad de asombrarnos ante los sobresaltos que nos depara el hecho de estar vivo, que es, en definitiva, la armazón que sostiene todo acto poético. Sin el asombro no seríamos ni la sombra del animal que somos. Pero el poeta sabe que para cerrar el ciclo de atrapar lo que el ojo no ve, necesita de un cómplice que lo ayude a quedarse, en el medio de todos, así, encueradito, como su madre lo parió. Entonces aparece el lector: la mano que limpia la placenta, el que acaricia las deformaciones, y descubre un rostro que ha empezado a respirar con un grito. He aquí al poeta, a Bernardo Marqués Ravelo, al recién parido, que a su vez ha parido este cuerpo que nos entrega para que hagamos lo que el poeta de la etnia Maya K'iche', Humberto Ak'abal, define como una especie de canibalismo autorizado: "Los poetas / son como las abejas: otros se comen lo que hacen". Comamos, pues, jactémonos desde el principio con el poema que da título al libro: He aquí el cuerpo: donde se reclama lo que de verdad debe salvarse para que la orfandad no nos visite: Salva tu herida mujer consérvala / cuídate y cuídanos / no de los ciegos sino de los videntes/. Dejando a un lado el agradecimiento que le debo a Marqués como maestro y amigo, yo me atraganto, paladeo, mastico su furia (ahora domada por el agua de la sabiduría), sus desencuentros, su reverencia ante la amada y el privilegio que significa amar y ser amado, y sobre todo su valor para reconocer la imperfección, el dolor para asumir lo que uno fue y lo que fuimos, sin dejar el rencor como herencia sino este legado como cuando le dice al hijo en el poema Desde la plena madrugada: "Presta atención hijo mío: / He aquí mi furia y esa mierda / que llaman soledad: toma / mis sueños escogidos el horror y / la ternura / un bramido de pasión en la llanada / el destello del mar sobre las piedras / y el amor / Bernardito / no lo olvides./". ¿Díganme si no hay que tener valor para escribir un poema como Tanguedia, donde el haraquiri es la manera de enseñar el honor, pero a diferencia de los antiguos samuráis, el rito no termina en el suicido, sino que el poeta se queda vivo para asumir que ahora le toca bailar con la vergüenza?: "No eres un hombre de éxito / Bernardo Marqués / nunca lo serás / así que paga a siete y media. / Desde que repartieron las barajas / jugaste limpio y perdiste"… Y en ese mismo tono continúa para después terminar con el sablazo: "Cura tu fiebre con pócimas / baja la vista y llora llora en silencio / que hoy sí está prohibido / volver a equivocarte". Marqués Ravelo escribe así porque, como debe ser, es un poeta a tiempo completo y uno de los grandes del periodismo cubano. Cuando tuvo que dejar de creer también lo hizo, y no dudó, aunque supiera el costo, en estampar su firma en la Declaración de los intelectuales cubanos, en aquel verano de 1991, que suscitó airadas respuestas de la dirigencia política cubana y causó su partida hacia el exilio en junio de 1994. Cobarde es aquel que permanece fiel a la mentira; valiente, quien reconoce que su verdad estaba equivocada. Desde entonces, el poeta, lejos de su patria editorial, ha permanecido callado pero no en silencio. Muestra de su vitalidad es este libro. Él sabe que la poesía también es un acto de fe, y mucho más en esta ciudad sorda, aplastada por la mediocridad y el brillo de los autos del año que nunca serán de quienes los conducen, y donde escribir poesía es como si uno decidiera ser parte de la familia del Hombre Invisible. Mas aquí está el poeta, aquí, nuevamente, su cuerpo convertido en el verso, en una mueca que se oculta detrás de la sonrisa (quienes tenemos el privilegio de contar con su amistad, sabemos que no hay quien se ría tan escandalosamente triste como Marqués Ravelo) porque no se resigna, porque siempre intentará demostrar, contra toda bandera, que los sueños sí existen. Miami y junio y 2008 |
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En la poesía castellana, no ha habido terquedad mayor que la permanencia incólume de la décima, con sus diez versos octosílabos y la distribución de rimas tal como la concibió Juan de Mal Lara con su "Mística pasionaria" en el Siglo XVI. Dentro de unos cuantos años aquel modelo cumplirá cinco siglos, pero a pesar de los intentos frecuentes por cambiar su estructura, la décima ha seguido leal a su ortodoxia. Uno de los tantos poetas cubanos que ha mantenido el conservadurismo de la décima es Efraín Riverón, quien ha seguido fielmente el sendero que le trazó su gallardo padre poeta, Francisco Riverón Hernández. No importa que en el libro decimista más reciente de Efraín Riverón, De la Isla, la Familia y otros Recuerdos, la primera décima, desobediente, termine con un pie quebrado tetrasílabo: "...Sólo la nube, la nube! de la vida baja y sube! pero llueve". Con añadir un adverbio repetido quedaba solucionado el asunto: "pero siempre, siempre llueve". Sin embargo, hay que respetar la decisión del poeta precisamente en el pórtico de su libro, cuando acude a un cambio métrico que no repite posteriormente. Conviene publicar la décima completa, para descubrir la otra manera que tiene Riverón de acudir a la eterna y difícilmente contestable pregunta de Rubén Darío: ".. .¡Y no saber adónde vamos, / ni de dónde venimos!" Dice Riverón: No sé desde cuándo soy .A partir de esa décima, la primera de estas páginas ricas en sorpresas expresivas, la valiente estrofa creada por De Mal Lara y popularizada por Vicente Espinel fluye con gracia y colorido, a veces haciendo gala de encabalgamientos que llegan a un grado de maestría en "Casi en adiós", dedicada al abuelo Pascual Acosta, ya al final de su vida: Casi en adiós, casi ido José Sánchez-Boudy destaca en el prólogo, muy oportunamente, "el compendio de todos los amores; el compendio de la familia, de los amigos, de las cosas que lo hicieron feliz" en su Güines natal, y cita una certera redondilla: "Mi recuerdo te desanda/ los contornos que te agobian!/ y las noches se me ennovian! en la última baranda". Una dura palabra de sólo cuatro letras, popularizada por Guillermo Alvarez Guedes, se transforma en protesta ante la madre que se está muriendo. El poeta cita a César Vallejo: "Hay golpes en la vida tan fuertes... yo no sé", y de esa manera obtiene patente de corso para expresar cubanamente su dolor filial. Acaso un puritano puede sonrojarse, pero como la Poesía es también la palabra insustituible, éste puede ser el caso de una osadía que hiere la estética, pero estremece el entendimiento. Después de leer a este hombre curtido por el trabajo fuerte y asediado por una arraigada sensibilidad poética, no se puede afirmar que se trata de un decimista más, sino de un decimista distinto. No repite, crea. No es el eco de otros, sino la voz que en otros puede producir eco. No se me ocurre un mejor elogio para definir a este cultor de la décima que se llama Efraín Riverón. |
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Hierba nocturna, el texto entendido como historia©: Julio Palomino Bajado de Otro Lunes (01/01/2008) Durante mucho tiempo se ha venido insistiendo que las novelas de Gabriel García Márquez, José Lorenzo Fuentes y Eliseo Alberto, tienden a la retórica y a la ralentización del discurso, como consecuencia de una altisonancia en sus construcciones oracionales. Es decir, la manera de apuntalar un suceso, según el crítico costarricense Manuel Octavio Azcuy, “parece, lastrado por figuras poéticas poco felices”, que son, en últimas, “su estructura central o núcleo diegético; de ahí el error”. Sin embargo, el profesor Azcuy obvia que esta supuesta acusación de poetización de la narrativa, es perfectamente funcional en determinados contextos de la prosa, tal vez, como una manera de profundizar en las caracterizaciones psicológicas y los ámbitos espaciales de las historias. Quizás fue Alejo Carpentier el primero de percibir, con mejor suerte que los novelistas de la tierra, la desmesura y diversidad de los contextos latinoamericanos, tan diferentes a los europeos y americanos y, tal vez, sólo igualitarios, frente a los africanos y asiáticos en su no correspondencia de significados en las lenguas occidentales. Es decir, existe una urgencia verbal que justifica una manera de la prosa que necesita de la poesía para nombrar una realidad, que el lenguaje no consigue abarcar. Y tanto García Márquez, como José Lorenzo Fuentes, —y ya menos Eliseo Alberto (la decadencia del epígono multiplicado)—, se ocupan, justamente, en sus modos narrativos de esa percepción poética del espacio. El primero, a pocas líneas del comienzo de su novela insignia, mal que les pese a muchos y al propio autor, Cien años de soledad, reclama para sí tal necesidad: “El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.” De lo que se deduce, que la novela habrá de versar (nunca mejor colocado un verbo) sobre acontecimientos acaecidos en los albores de la civilización, de esa época ignota y distante, cuando los idiomas comenzaban a formarse y no existían palabras para nombrar todo lo existente ni todo lo sucedido. Pero no, Cien años de soledad posee una clara, y posterior, ubicación espacial y en la segunda página ya leemos: “Exploró palmo a palmo la región, inclusive el fondo del río, arrastrando los dos lingotes de hierro y recitando en voz alta el conjuro de Melquíades. Lo único que logró desenterrar fue una armadura del siglo XV con todas sus partes soldadas por un cascote de óxido, cuyo interior tenía la resonancia hueca de un enorme calabazo lleno de piedras.” “Una armadura del siglo XV”, precisa el autor, párrafos después de haber anunciado la juventud del mundo y con ella, la escasez de palabras para denotar sus acontecimientos. Y lo que podría entenderse como una contradicción en el discurso del narrador, no es otra cosa que una declaración de intenciones textuales. La realidad, ese mundo que se enuncia, necesita de una forma tan nueva como él, de ser contado. El español, lengua que, precisamente, del siglo XV al XVII(1) produciría su mejor literatura, resultaba incompleta para tal fin. Se hacía necesario, por tanto, un idioma tan nuevo y complejo como aquello que debería de ser descrito. Y la solución la encuentra, primero García Márquez y posteriormente, José Lorenzo Fuentes, en la poesía. Y me explico, en el empleo del tropos poético dentro del contexto de una narrativa que estaba marcada por las oraciones filosas y nervudas de, pensemos en Hemingway, o por los profusos párrafos al mejor estilo de Tom Wolfe o William Faulkner; por solo citar a tres escritores norteamericanos, de notable influencia en la literatura mundial a partir de los años de entreguerras. Pero aquí se plantea una clara diversificación en los discursos de García Márquez y Lorenzo Fuentes. Uno emplearía el artilugio poético para narrar la cotidianeidad; el otro, la historia. Y es, justamente, en este libro que nos ocupa, Hierba nocturna (Editorial Iduna, Miami), donde el autor cubano de un título tan memorable como Después de la gaviota parece haber encontrado su consolidación como maestro de la historia entendida como mito y éste, como comprensión del hombre. Es decir, de la historia conformada por las grandes constantes de la civilización y la poesía: el rito, el sueño, la reiteración y el deseo. En Hierba nocturna queda la maestría de una forma de contar, la exploración de cuanto pudo suceder en el pasado olvidado u oculto de nosotros mismos, en nuestros miedos y osadías. Y de ahí su grandeza. Alegra que en la Cuba de afuera, todavía y a pesar del doloroso peso que también supone el exilio para la literatura, los escritores como José Lorenzo no dejan caer el pulso de su obra. ¡Salud, maestro! (1) Desde la publicación de la Gramática castellana de Antonio de Nebrija (1492) hasta la muerte de Calderón (1681). |
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Un recordatorio ejemplar, el dulce nombre de María En el siglo pasado y en lo que va de éste, la literatura cubana no ha dado otra poeta, o poetisa —como prefiere llamarla Annie Plasencia—, con una obra y vida tan singular y auténtica como la de Dulce María Loynaz, cuyo fervor por la palabra corría parejo con su pasión por la isla que la vio nacer, su heroica tradición familiar y su contradictorio intento, plenamente logrado, de ser el silencio que todos debemos escuchar. Sólo por ello vale agradecer a Ediciones Iduna este libro que, simplemente, se titula Dulce María y que, más que "un homenaje a la eximia escritora cubana", como reza en su portada, es un aviso ejemplar, un recordatorio a todos los cubanos para que agucemos el oído y sepamos encontrar nuestra auténtica voz. La señora que le cantó al río Almendares poseía, entre otras muchas virtudes, el color, la tesitura y el sentimiento exactos para expresar la cubanía, que según yo entiendo es, como la poesía, un estado de ánimo. Como es de rigor en estos casos, el tomo se inicia con una precisa cronología de la vida y obra de Dulce María Loynaz, que por supuesto incluye todos los reconocimientos que recibió a lo largo de su carrera literaria, entre ellos el Premio Cervantes, considerado por los especialistas como el Nobel español. Pero lo más llamativo está al final, porque el tomo concluye con una entrevista realizada por José Lorenzo Fuentes a Juan Antonio Sánchez (Ñico), director de Iduna, amigo de Dulce María y el hombre que, en definitiva, logró rescatarla de su encierro en la casona de 19 y E en el Vedado y hacerla viajar a Pinar del Río para posteriormente fundar el Centro de promoción y desarrollo de la literatura "Hermanos Loynaz", suceso mediante el cual la isla en pleno supo de la existencia de esta figura excepcional de la lírica cubana que durante muchos años fue más conocida en el exterior que en su propia patria. El cuerpo central del libro está compuesto por siete trabajos —que van desde el artículo hasta la crónica, pasando desde luego por el ensayo— que firman poetas y escritores tan notables como Gastón Baquero, Manuel Díaz Martínez, César López, Annie Plasencia, Cora Ramírez, René Valdés y Alberto Garrandés, los cuales van armando un retrato si no exhaustivo (esta modelo se resiste a la finitud, siempre tendrá un nuevo escorzo que escudriñar) al menos por ahora suficiente: que yo sepa, es el primer intento serio de estudiar a fondo a la gran poeta, a la mujer extraordinaria y a la cubana ejemplar que fue Dulce María Loynaz. El hecho de que los editores de este homenaje a la autora de Jardín, de Juegos del agua y del amor y de Un verano en Tenerife —por no mencionar más de tres títulos en los diversos géneros en que ella incursionó— tuvieran la delicadeza de incluir a estudiosos y seguidores que viven o han muerto ya dentro o fuera de la isla que la estirpe de los Loynaz tanto amó y que contribuyó a crear, o más bien a recrear, le otorgan a este esfuerzo una dimensión especial. Porque cuando pase mucho tiempo (y va a pasar), y se sanen por completo las cicatrices todavía hoy sensibles de una tiranía que ha durado medio siglo, entre lo que permanezca inmune de Cuba para el resto de la humanidad, no hay duda que estará la poesía de una mujer que fue bautizada con el dulce nombre de María.
SAIGÓN SOUVENIR, novela de Carlos A. Díaz Barrios, Ediciones Iduna, 2007 (Comentario de Abel Germán) Saigón Souvenir llegó a mis manos gracias a la generosidad de Juan Antonio Sánchez y Odalys Curbelo, amigos que así querían compartir conmigo el cumplimiento de su sueño editorial. Lo primero que me impresionó fue el cuerpo en sí de los libros (cuatro en total). Me dije que un sueño que llega a adquirir esa textura, esos colores, ese olor y ese papel lustroso y bien trabajado, es ya en principio un sueño que ha comenzado a cumplirse bien. Pero es obvio que una editorial exige algo más: exige también la vida que el lenguaje impreso en los libros que da a la luz contiene y transmite. Y, por supuesto, la calidad de ese lenguaje. De modo que la belleza concreta del producto industrial, por así decirlo, que es el libro, debe corresponderse con aquélla, o la editorial en cuestión tendrá un problema. En este caso, Saigón Souvenir bastaría por sí sola para suscribir este logro. La leí en la soledad de un parking remoto, como suele decirse, de un tirón. Y no sólo fue lo segundo que me impresionó, sino que de cierta manera consiguió ese milagro consistente en hacer que el libro (independientemente de su belleza concreta) desaparezca de nuestras manos y, borrando todo en derredor (parking, ciudad, país) pase a formar parte integral del yo del lector. Carlos me dejó de una pieza. Y me hizo leer su novela, ese centenar de páginas, palabra por palabra, repitiéndolas en voz baja, como se lee, como se tiene que leer, un poema. Porque Saigón Souvenir es, sobre todo eso: un poema. Y lo es no sólo por sus imágenes fuertes, precisas y oportunas, sino también y sobre todo por su atmósfera desgarrada. Ese dolor, esa desolación, esa incertidumbre que es la certidumbre de la derrota. El reconocimiento final de que no se es un héroe; de que en este universo (el del personaje que ha perdido las piernas en Viet Nam, pero que pudo perderlas en Angola o en cualquier otro culo del mundo) no se puede ser un héroe. Pero hay algo más que también impresiona: el argumento en sí mismo. Y lo hace por el hecho de que un escritor cubano haya escogido uno semejante (si es que los escritores pueden escoger sus temas y no al revés). El hecho, en consecuencia, de que la situación cubana no se mencione, y que todo aquel que la busque sólo encuentre algunas minúsculas y muy tangenciales referencias: la nostalgia que sentía el padre del protagonista, por ejemplo. Algo, por cierto, que curiosamente hace que esos escasos datos resalten, por contraste, de un modo especial. En pocas palabras: también me impresionó, y mucho, el hecho de que Carlos haya tenido la osadía de vencer esa tentación. Saigón Souvenir viene a decirnos, en fin, que el mapa de la frustración no tiene fronteras. Pero (ya lo dije) esta novela es un gran poema, y la poesía es polisémica. Cada nueva lectura depara una sorpresa. Cuando la relea seguramente estaré en condiciones de escribir un comentario completamente distinto. Con una garantía: también será elogioso. España, a 4 de diciembre de 2007
El caballo de la palabra, poesía de Elena Tamargo ©: Ignacio T. Granados Herrera A primera vista, este poemario tiene la misma mala costumbre de anteponer prólogos al simple arte; pero en este caso esa costumbre es buena, porque tiene dos virtudes, y la primera es que el prólogo se debe a la mesura y el tino de un escritor tan sensible como José Lorenzo Fuentes. La segunda virtud, que explica a la primera, es que aporta claves esenciales para el disfrute de este poemario; pues, de cierto, tan cerrados son ya los hechos del arte, que requieren alguna exégesis. El nombre del libro, nos enteramos, puede aludir a una peculiaridad de ciertas religiones; en las que la divinidad se posesiona del adepto, y lo usa, lo monta, como a su caballo. En este libro, pues, Tamargo es la bacante posesa, por cuya boca habla la palabra misma; y eso es cierto, en una poesía leve, que discurre con la engañosa fragilidad de la exaltación lírica. En estos poemas, Tamargo vuelve a su amor desmedido por Holderlin; y sin grandilocuencias, reverencia las danzas despeinadas con que se imaginaron una vez a las musas. Pero lo mejor sigue siendo la levedad, que es lo que hace que su romanticismo sea agradable y fresco; de hecho, pocas veces la poesía contemporánea logra tales cotas de erotismo y sensibilidad, a la vez que de finura y pudor. Letras como de nácar, incrustradas en el mármol raído de templos abandonados con los que se tropieza de pronto; elegías al amor de los hombres que revelan todo el hedonismo de que es capaz de una mujer, y la belleza de un mundo abierto al abrazo y el beso. El caballo de la palabra sólo puede traslucir el sentido del mundo, esa plenitud; aunque se pueda insistir en el lado trágico, no importa, la bacante no es discursante sino posesa al fin en libertad; su relincho estremece la dulzura de las más ocultas mieles, y Apolo y Cipris, tan mal llevados, sonríen complacidos y en paz. |
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